Sequía creativa
Relatos cortos

Sequía creativa

La musa me había abandonado, quería escribir pero no podía, simplemente no llegaba la inspiración. Cuando apenas tenía tiempo, las ideas brotaban una tras otra y no podía capturarlas todas, y ahora que tiempo era de lo que más disponía, mi musa se había largado y me había dejado tirada. Seguramente se habría marchado con el Murphy ese de la famosa ley.

Sentada frente a mi portátil y con la mente en blanco decidí prepararme un té, así que me dirigí hacia la cocina para poner en marcha el calentador de agua. Revisé la balda de los tés y me decanté por uno negro paquistaní, algo fuerte de teína, con aroma y sabor, para ver si conseguía que se activara mi mente.

Mientras degustaba mi bebida agradeciendo su calor en un día tan frío de invierno, la sequía creativa me seguía castigando vilmente y empezaba a invadirme también la desidia, así que me tumbé en el sofá envuelta en una manta y me puse a disposición de Morfeo, quien no se hizo de rogar para venir a visitarme tan veloz y solícito como la musa se había alejado.

Una hora más tarde me desperté súbitamente, ella había vuelto, la musa me había arrancado de los brazos de Morfeo de manera abrupta para llenar mi cabeza de imágenes y palabras a las que ahora tendría que dar sentido. Las ideas aparecían y se desparramaban como la lava de un volcán en erupción mientras yo trataba de asimilar tal brote de creatividad.

-¿Dónde ha quedado tu sutilidad? –me pregunté. O me abandonaba completamente o aparecía súbitamente como una tempestad en medio de la nada, y siempre me tenía a su merced. Decidí no hacerla esperar y aprovechar su preciada buena disposición, así que mis dedos empezaron a volar sobre las teclas del ordenador.

Cuando me quise dar cuenta habían pasado varias horas y mi creación albergaba una veintena de folios. No me lo podía creer, hasta me había olvidado de comer y entonces me percaté de que mi estómago se quejaba infructuosamente y posiblemente llevaría así bastante tiempo. Vi la taza de té con más de la mitad de contenido del que también me había olvidado por completo, pero la sed hizo su acto de presencia y, a pesar de que ya estaba más que frío, lo apuré de un trago.

El volcán de creatividad parecía algo más apaciguado y mi sensación de hambre ya empezaba a superarlo, así que me preparé algo de comer y me puse a meditar sobre mis inestables estados creativos. Mi musa nunca me había tratado tan bien, había llegado de forma brusca sí, pero se había puesto totalmente a mi disposición durante casi todo el día, no quería que me abandonara otra vez, así que devoré rápidamente mi comida y volví a ponerme manos a la obra. Las ideas siguieron fluyendo pero con una mayor tranquilidad y a altas horas de la mañana ella se volvió a marchar para que Morfeo volviera a tomarle el relevo.

Estaba tan exhausta que ni siquiera me fui a la cama, volví a envolverme en la manta y a tumbarme en el sofá para rendirme a un plácido sueño. Cuando desperté, bastante desorientada, era de día y me sorprendió ver que la taza de té estaba sobre la mesa llena hasta la mitad. Recordaba habérmelo bebido, entonces una extraña sensación me recorrió y rápidamente fui a mirar en mi portátil, en él solo se veía una única página completamente en blanco. Entonces me percaté de la hora, había dormido un par de horas y todo había sido un sueño. Completamente desolada me levanté y cogí la taza de té, me dirigí a la cocina y tiré su contenido por el fregadero y, a continuación, cogí el té negro paquistaní y lo arrojé a la basura.

Mi musa no había vuelto, yo no había escrito absolutamente nada y Morfeo se había reído de mí descaradamente.

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