Por culpa de Mijaíl
Relatos cortos

Por culpa de Mijaíl

Alonso tocaba el piano cada noche en el bar del hotel. Siempre la misma melodía lastimera y aciaga acorde a los decadentes estados de ánimo de los clientes.

Charlotte paseaba de arriba abajo moviendo nerviosamente sus caderas y enfundada en un vestido descolorido al estilo charlestón, buscaba a su amante Xavier con los ojos desorbitados tras un maquillaje desdibujado.

Martín ocupaba la misma butaca de siempre frente a la barra del bar vistiendo su chaqué raído, observaba fijamente el brillo de los hielos en su copa de whisky a medio apurar. Mientras Mijaíl, el camarero, sacaba brillo con un paño harapiento a las copas desportilladas de champán para colocarlas en una vitrina cada vez más inclinada.

Lucrecia y Sebastián mantenían sus huesudas manos entrelazadas mientras se miraban sentados en el gran sillón desgastado de terciopelo azul frente a la decrépita pista de baile. Esperaban impasibles a que Alonso tocara su canción de juventud.

Xavier lo había organizado todo, había robado el bolso con los ahorros de toda la vida de Lucrecia y Sebastián y se marcharía muy lejos con Charlotte, comenzarían una nueva vida juntos. Qué ingenuos habían sido los entrañables ancianitos dando cuenta de su pingüe capital aquella noche en la que un coñac de más había soltado la lengua del adorable Sebastián.

Pero un detalle había salido mal, Mijaíl el camarero le había visto en una planta que no era la suya portando un bolso en la mano justo cuando se metía en el ascensor y eso podría echarlo todo a perder. Por ello, alguien sin escrúpulos como Xavier había pensado en una drástica solución: volar por los aires el bar del hotel donde cada noche servía las copas Mijaíl y ya, de paso, acabaría también con Lucrecia y Sebastián que iban allí a bailar cada noche, así no dejaría cabos sueltos.

Mijaíl le había caído mal desde el principio, ese camarero siempre pendiente de los movimientos de los huéspedes, lo que llegaba a resultar agobiante, así que no sería una gran pérdida. En cuanto a los ancianos, al fin y al cabo ya habían vivido su vida, así que lo veía como un mal menor. Sabía que seguramente habría más personas en el bar, pero serían daños colaterales y no se le ocurría otra solución, así que se dirigió hacia las cocinas del hotel que estaban junto al bar y en las que ya no habría nadie por lo tarde que era. Tenía pensado provocar un escape de gas cuya deflagración arrasaría ambas estancias.

Charlotte estaba esperando a Xavier junto a la recepción del hotel con dos grandes maletas y un bolso de mano que le había entregado él poco antes, pero este se retrasaba y eso no era habitual en él. Sólo la había dicho que le esperara allí y guardara ese pequeño bolso a buen recaudo y fuera de la vista de la gente, volvería enseguida, pero ya habían pasado unos veinte minutos desde entonces. Ella desconocía sus planes, así como el contenido del bolso, además le había notado bastante nervioso, lo que hizo que se apoderase de ella también un gran nerviosismo, por ello decidió ir a buscarle al bar.

Xavier sabía que Charlotte le estaría esperando ansiosa para marcharse del hotel, pero otro detalle imprevisto le había retrasado en sus planes. Todo era por culpa de Mijaíl, otra vez, como le había visto con el bolso en la planta de los ancianos, había ido a buscarle para pedirle explicaciones. Xavier le había convencido de que luego bajaría al bar a explicárselo todo, pero esa discusión le había llevado un tiempo con el que no había contado.

Una vez se libró de Mijaíl y ya en las cocinas, su plan era abrir rápidamente el gas e irse a recoger a Charlotte para abandonar el hotel antes de que la explosión tuviera lugar, pero nuevamente algo salió mal. Cuando ya había abierto todas las llaves de gas y se disponía a abandonar las cocinas, una de las cocineras entró con un cigarro en la mano, la mujer puso cara de extrañeza cuando le vio allí, pero no hubo tiempo de reacción, solo Xavier pudo echarse las manos a la cabeza cuando vio el cigarro encendido. La explosión fue inmediata y devastadora.

Desde entonces, los espíritus de todos ellos habían quedado atrapados allí, en el viejo hotel semiderruido y abandonado, en el mismo lugar donde murieron trágicamente aquella fatídica noche de sábado. El ambiente festivo y lujoso que había existido en vida se había ido transformando en una atmósfera lúgubre y tétrica con el paso del tiempo, quedando todos irremediablemente avocados a repetir esa misma escena previa a su muerte para toda la eternidad.

Noche tras noche, los ocupantes del bar aparecían tal y como habían pasado sus últimos momentos, y Xavier, cada noche sin excepción, volvía a abrir las llaves de gas, para después, mirar con horror a la cocinera y su cigarro en la mano.

SagrarioG
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  1. Carlos Merino Arlandiz

    He leído por culpa de Mijail y está muy bien, un poko Murakami pero me ha gustado mucho
    Encantado de leerte

    • admin

      Gracias por la comparación, la verdad es que el relato sí es un poco fatalista. Muchas gracias, encantada de que me leas.

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