Jodida Navidad
Relatos cortos

Jodida Navidad

El árbol de Navidad había salido ardiendo, ¿te lo puedes creer? Menuda jodida Navidad. Se había encendido un cigarrillo mientras colgaba las bolas de las ramas sintéticas y, por acercar tanto la brasa a una de ellas, el plástico verde había comenzado a arder como si estuviera loco por la música. Salió tal llamarada que todo hacía pensar que el maldito árbol era inflamable por necesidad. Era la última vez que compraba nada en los chinos.

Solo le había dado tiempo a arrancar la funda del sofá y sofocar el fuego a fundazos, así que el árbol se había quedado como si fuera de carbón, la funda con un boquete que emulaba la bandera del Japón, y la pared de gotelé blanco había dado paso a unos horribles tonos marrones, parecía que hubiera restregado un pañal usado por ella.

–Pues se va a quedar así la jodida decoración Navideña. –Gritó presa de la ira.

Quizás es que el intenso olor a quemado le estaba nublando el cerebro. Y seguramente fue así, porque incumplió sus dos últimas promesas y se bajó a los chinos de debajo de su casa, compró un par de sprays de nieve y roció el árbol con ellos para camuflar el estropicio.

Claro, que lo que ocurrió después es que la nieve en spray empezó a perder su consistencia y a chorrear a base de bien. El resultado fue más lamentable si cabe.

El nuevo ataque de ira le duró unos diez minutos mientras bufaba pasillo arriba y pasillo abajo, pero luego dio paso a una gran resignación que le obligó a actuar de modo más razonable. Abrió las ventanas para ventilar, limpió lo que pudo y tiró el árbol de carbón y la bandera del Japón a la basura.

Este año le tocaba pasar la Nochevieja solo, había hecho grandes méritos para ello, sin embargo, no escatimó en detalles. Decidió que se pondría su mejor chándal y abriría el mejor embutido del Mercadona, acompañado de un buen calimocho, por supuesto. Y para las campanadas, un bote de aceitunas negras de las de sin hueso, que él no era muy fan de las uvas. Todo un despliegue de medios.

Su mejor chándal tenía menos de cinco años, pantalón rojo y parte superior azul a modo de chaqueta con cremallera. Se enfundó los pantalones y se puso una camiseta interior de tirantes, antaño blanca y más tupida, pero cuando se puso la chaqueta, la cremallera no quería subir. Intentó disuadirla de lo contrario con bastante delicadeza, pero la negativa de ella a ascender le hizo perder los nervios y tirar fuertemente mientras juraba en arameo, ante lo cual ella terminó por ceder, pero llevándose por delante un buen manojo de pelos del pecho.

El alarido hizo su gran aparición cual erupción de un volcán, junto con una retahíla de palabrotas flanqueadas por decenas de babas. Y exactamente lo mismo sucedió cuando se le ocurrió volver a tirar cremallera abajo, logrando improperios y depilación en una misma maniobra.

Al final, se quedó con la cremallera en la mano, los pelos en la cremallera y el pecho dolorido. Se quitó la chaqueta y la arrojó al suelo, pero luego se lo pensó mejor y se la volvió a poner, dejándola abierta irremediablemente, dejaba a la vista su camiseta interior de tirantes bastante traslúcida y una pequeña calva en el pecho. Verle era todo un poema.

Como buen experto en embutidos envasados que era, sabía que la conservación en atmósfera protectora requería abrir los envases al menos quince minutos antes de su consumo, así que a ello se disponía cuando sonó el timbre de la puerta.

–Qué raro. ¿Quién será a estas horas en plena Nochevieja? –Dijo para sí.

Abrió la puerta con gran curiosidad y se encontró a la Puri, la vecina de abajo, que venía a pedirle sal.

La Puri estaba cañón, rubia platino de bote y entrada en carnes como Las tres Gracias de Rubens, justo como a él le gustaban.

Se quedó mirándola con la baba colgando, se había puesto un traje de lentejuelas bien ajustado que destacaba más si cabe sus voluptuosas curvas. Llevaba una tacita de café en la mano.

–Hola, vecinito. Oye que he gastado toda la sal en el asado y resulta que mi familia dice que me ha salido soso y le quieren añadir más, ¿no podrías echarme un poco de sal en esta tacita?

–Claro que sí, corazón. Yo te echo sal y lo que tú quieras, cuerpo. Entra, entra, que estás en tu casa. –Dijo mientras se dirigían a la cocina.

–¿Estás solo? Antes he oído voces y pensaba que tendrías un buen jolgorio montado. –Le preguntó la Puri algo sorprendida.

-Eh, no, habrás oído la tele, que la tenía un poco alta. Esta noche la paso solo. –Respondió él con cierta vergüenza.

Mientras le rellenaba la tacita con sal a la Puri, aprovechó la oportunidad para meterse un palillo en la boca, poner gesto insinuante e intentar arrimarse sutilmente a ella, pero esta rápidamente se alejó mientras le decía con una fingida sonrisa que ya tenía suficiente sal y le daba las gracias encarecidamente.

La Puri se marchó como alma que lleva el diablo y él se quedó con cara de gilipollas mientras derramaba la sal por el suelo, cuando se dio cuenta de ello se cagó en todo lo cagable y recordó la supersticiosa teoría de que tirar la sal daba mala suerte, así que cogió unos pellizcos de la que había derramado y los lanzó hacia atrás por encima del hombro, tal y como establecía la superstición. Luego cogió un cepillo y barrió la cocina.

Cuando ya tenía lista su cena a base de embutidos y el calimocho fresquito, se plantó frente al televisor dispuesto a ver la programación típica de fin de año. Qué faena tener que esperar a Nochevieja para ver juntos a todos esos cantantes y grupos que tanto le gustaban, además zapeaba entre varias cadenas y a algunos, con suerte, los veía hasta dos veces.

Raphael acababa de aparecer en pantalla y él adoraba a Raphael, así que emocionado empezó a cantar “Mi gran noche” con una loncha de salchichón en la boca, lo que le hizo atragantarse y toser como un loco hasta que Raphael cantó la última estrofa. No daba crédito, ¿es que los astros se habían alineado para joderle la Nochevieja a base de bien? Pues parece ser que sí, porque cuando Raphael abandonaba el plató mientras él estaba invadido por la pena por no haber podido disfrutar de la canción, hubo un apagón general en el barrio y la luz hizo mutis por el foro.

Como lo la luz no tenía prisa por volver, le tocó terminar de cenar a la luz de una vela de cumpleaños con el número cuatro, que era lo único que tenía, así que apuró el calimocho, se comió doce aceitunas con absoluta desidia, y se fue a dormir porque no sabía que otra cosa podía hacer.

-Jodida Navidad. –Masculló al meterse en la cama y soplar la triste vela, no sin antes derramar un poco de cera sobre la almohada.

SagrarioG
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