Inexorable
Relatos cortos

Inexorable

Vivía en una gran ciudad, y el ritmo frenético en el que se encontraba inmersa le imprimió en su ADN una gran obsesión con el tiempo, con la necesidad de exprimirlo lo máximo posible. Desde que se levantaba hasta que se acostaba, su día era una sucesión de tareas realizadas a una velocidad vertiginosa y, si había opción, añadía alguna más en los mínimos huecos que pudieran surgir como si las acoplara con un calzador.

Muchas veces había oído decir eso de “déjate fluir”, pero era incapaz de hacerlo, su apretada agenda y su reloj eran los que marcaban el ritmo de su vida. De hecho, no podía dejar de mirar ese pequeño objeto en su muñeca que concentraba más su atención que cualquier otra cosa en el mundo. Lo miraba más que a las personas con las que se cruzaba, más que a las calles por las que transitaba, le prestaba más atención que a cualquier actividad que realizaba.

El mundo estaba hecho para vivir sin tiempo para uno mismo, por ello, habían proliferado infinidad de productos y servicios adaptados a la terrible cultura de las prisas. La vida parecía una cadena de comida rápida caracterizada por la urgencia y la inmediatez, y careciendo de cualquier ápice de calidad.

Al final del día, ella tenía la costumbre de enumerar la cantidad de tareas realizadas, que siempre eran bastantes, aunque apenas disfrutaba de ellas; era lo que tenía el exceso de premura, que era inversamente proporcional a la capacidad de disfrute. Daba igual que se pasara el día con la lengua fuera, porque casi todo era correr, apenas caminar; pero el hecho de cumplir con lo que había previsto hacer era su objetivo primordial, que no su satisfacción.

Siempre había estado orgullosa de su capacidad de planificación y organización, era una excelente gestora, sin embargo, cuando fue madre, todo eso se fue al traste. Su planificación al detalle se vio súbitamente rota por un pequeño ser que no atendía a planificaciones de agenda y al que le daba igual el ritmo inexorable de las manecillas del reloj. A pesar de que ella se organizaba muy bien, la mezcla era explosiva y nada conciliadora en eso de ser madre, trabajadora por cuenta ajena y tener que realizar también las labores domésticas, obligada, además, por la sociedad a circular siempre por el carril rápido.

Debido a una asentada brecha de género, no solo gestionaba las tareas del hogar, sino que también asumía la mayor parte de su realización. Su pareja coincidía con ella también en un estresante ritmo de vida y la ayudaba, sí, pero solo cuando ella se lo pedía, de no ser así, él no solía colaborar espontáneamente. Su saturación mental era tan elevada que intentó que esa situación cambiara, por lo que hizo más partícipe a su pareja del cuidado de su hijo y de las labores domésticas y, a pesar de que seguía recayendo la mayor parte en ella, ese nuevo reparto aligeró levemente una carga que, no obstante, terminó pasando su factura.

El día que olvidaron a su bebé en el coche varias horas y se marcharon a trabajar, el mundo se paró de repente y todo se ralentizó frente a la más terrible de las realidades, aquella que les demostró que su ritmo de vida era capaz de provocar el peor de los descuidos, ese que tuvo las consecuencias más terribles que se puedan imaginar arrebatándoles a su hijo para siempre. Entonces, la agenda repleta se cerró de golpe y el reloj incesante finalmente se detuvo, de hecho, las prisas desaparecieron totalmente porque ya todo dejó de tener sentido.

SagrarioG
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  1. Juan Ortega

    Tienes publicado.

    • admin

      Si te refieres a un libro, publico mi primera obra a finales de este año.

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