Abril
Relatos cortos

Abril

Dos años sin escribir, sin plasmar ni una maldita palabra. Un bienio repleto de hojas en blanco; al principio, lisas e impolutas; y después, arrugadas y desterradas a una papelera donde una montaña de gurruños desbordaba y ocupaba las inmediaciones de ese triste receptáculo vacío de contenido. O, quizá, repleto de una gran vacuidad.

¿Por qué arrugar y tirar una hoja sin usar y no dejarla para utilizar después? Porque cada uno de esos folios con su marca de agua en forma de perro de caza me desafiaba obscenamente con su dolorosa blancura, me restregaba mi manifiesta incapacidad para crear. Por lo que mis manos arrancaban cada lámina del rodillo de la máquina de escribir y la retorcían como si de un gaznate se tratara y, al menos, la frustración descendía un punto en la escala de lo intolerable. Esas mismas manos que luego recorrían mi cabeza en el tramo desde la frente hasta la nuca, mientras esta se curvaba con el peso de la desesperación, junto a unos ojos apretados y anegados en su propia negrura.

Mi editor me había dado un ultimátum. Estaba a punto de incumplir el contrato de entregar una obra cada dos años, apenas quedaban dos meses para que expirara el plazo. Mis cuatro best sellers anteriores habían llegado a la editorial de manera puntual, pero ahora me veía incapaz de mantener un ritmo que súbitamente se había visto segado por una sequía creativa de la que conocía bien el origen. Sí, claro que lo sabía, ese cercenador de historias tenía nombre de mujer. Un nombre que tanto inspiró, pero que más se llevó porque arrasó con todo, incluso con mi inspiración. Un nombre que no había vuelto a pronunciar desde aquel fatídico día en que me abandonó para siempre.

Con el corazón arrancado de cuajo y casi también la vida, incluso mi musa había huido despavorida y con la clara intención de no regresar. Cuántos grandes escritores habían hecho del dolor su numen, pero estaba claro que no era mi caso.

Una botella de coñac a medio apurar abierta esa misma mañana era la compañía más fiel que había encontrado en los últimos meses. Me daba la fuerza suficiente para enfrentarme a una nueva hoja en blanco, pero mi tolerancia al alcohol se había incrementado tanto que vaciaba una botella tras otra con la misma celeridad que el sediento que acerca sus labios al chorro del agua fresca.

Esta vez, los vapores del alcohol que inundaban mi cerebro hicieron que unos dedos temblorosos rompieran, al fin, la blancura de la hoja tecleando su nombre: Abril. Y esas cinco letras desataron un torrente de emociones que me desbordaron hasta las lágrimas en una experiencia catártica digna de la tragedia en la poética de Aristóteles. Esa purificación emocional y mental arrasó mi alma por completo y, así, sucumbí al sueño del sopor alcohólico con la frente apoyada sobre el escritorio.

Varias horas después y tras un súbito regreso del más profundo de los avernos en el que me había sumergido Morfeo, el dolor de cabeza era insoportable y la presión en mi cuello también. Mis ojos no enfocaban con claridad, pero su nombre seguía ahí, y mi musa, que acababa de decidir romper con su destierro, me sugirió que escribiera su historia.

¿Cómo resistirme a los mandatos de quien había guiado los actos de mi creación y mi sustento?

Una ducha fría, un frugal bocado y un paracetamol me parecieron unos buenos aliados, aparte, por supuesto, de un café cargado con el suficiente amargor como para despuntar la lengua y, por qué no, la mente.

Abril seguía ahí, de momento sola, pero la catarata de emociones desatada estaba lista para ser plasmada a su lado, adoptando esa maravillosa forma que solo son capaces de acoger las palabras. Entonces sucedió: una tras otra se fueron moldeando en mi cabeza, tomando vida a través de mis dedos, y materializándose en una hoja que desterraba el impecable blanco para siempre dentro de la más dulce melodía que había escuchado en los últimos tiempos: la de las teclas de la máquina de escribir. Mi Olivetti era el instrumento sobre el que yo articulaba esa música con una mezcla de dolor y satisfacción al poder arrancar, al fin, tantos sentimientos que se habían adherido a mis entrañas como cientos de garrapatas.

Me desprendí del tormento a la vez que recuperaba la capacidad de creación y Abril se convirtió en mi quinto best seller, entregado el día en que vencía el plazo acordado con la editorial. Vendí más copias que los cuatro anteriores juntos y años después sigo entregando puntalmente una nueva obra.

A veces me pregunto si ella habrá llegado a leer nuestra historia y, en ocasiones, me arrepiento de haberla inmortalizado sobre el papel, pero luego rememoro el momento en que se rompió la maldición de la página en blanco y él éxito que me deparó su creación, y ese arrepentimiento se marcha con el viento.

SagrarioG
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