Valores efímeros
Puntos de vista

Valores efímeros

¿Sabes cuándo te resfrías y no notas los sabores? Comes algo muy rico y no te sabe a nada y te da una rabia tremenda. Cuando mejoras y empiezas a percibir el gusto de la comida, casi gozas con ello como si fuera la primera vez, pero luego se te olvida rápidamente lo maravilloso que es disfrutar de una capacidad gustativa a la que estás más que acostumbrado. Ese es uno de nuestros valores efímeros.

Hay un dicho muy conocido que reza que no valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos, pero algo tan sencillo como el ejemplo anterior nos muestra lo efímero de la razón de este dicho. Pierdes el sentido del gusto pero, si lo recuperas, solo lo valoras brevemente. Te pones enfermo pero, si te recuperas, valoras la salud brevemente, a no ser que tu enfermedad sea de larga duración, que entonces aprecias tu salud mucho más pero, quizás, no de forma permanente.

Otra cosa es perder a un ser querido, porque eso es algo que ya no tiene solución, pero si la persona solo se marcha por un tiempo lejos de ti, es posible que el reencuentro sea memorable pero, muchas veces, la relación luego pueda tornar a un contacto esporádico.

Estamos tan habituados a ver, que no valoramos el hecho de no ser ciegos; estamos tan acostumbrados a oír, que no apreciamos el hecho de no ser sordos; estamos tan hechos a andar, que no estimamos el hecho de tener unas piernas o, por ejemplo, no tener un dolor tipo ciática que nos limite la movilidad y, por tanto, nuestra autonomía.

Nuestra vida transcurre con una concepción hegemónica de nuestras propias capacidades habituales que hace que, muchas veces, las creamos intocables, pero ¡ay! si llega el momento en que eso deja de ser así. Seguramente, miraremos atrás pensando en lo que fue y ahora ya no es, y esa terrible sensación de pérdida se nos haga un obstáculo prácticamente insalvable.

Normalmente, también nos quejamos por aquello que no tenemos: una casa más grande, más dinero en el banco, una buena relación con nuestro padre, etc., pero no nos paramos a pensar en que sí tenemos una casa donde vivir, dinero para poder comer o un padre con el que hablar.

Las carencias engendran anhelos, pero ¿realmente necesitamos todo lo que anhelamos? La respuesta es, obviamente, no. Está muy bien aspirar a cosas mejores, pero siempre y cuando eso no nos haga sufrir por aquello de lo que carecemos para obviar todo lo que ya tenemos que, posiblemente, sea mucho pero esté inmensamente infravalorado.

¿Quieres un trabajo mejor y eso te quita el sueño? Piensa en todo lo bueno que ya hay en tu trabajo, y dormir bien por las noches será un añadido más a esa lista de cosas a valorar.

¿Te quejas de la falta de tiempo? No lo sigas perdiendo con quejas estériles, aprecia todo lo que has podido hacer hasta ahora y enfócate en planificarte mejor.

¿No estás satisfecho con tu vida? Busca todos los motivos de satisfacción que hay en ella, porque los hay, y cambia tu enfoque de lo insatisfactorio a lo satisfactorio, más que nada por la cuenta que te trae, y haz que esos valores efímeros dejen de serlo.

SagrarioG
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